Cuéntanos un poco acerca de tu cabello. 
Nací con el cabello rizado. Desde chiquita aprendí que el pelo rizado no era agradable, sino feo. En una foto de cuando tenía tres años aparezco con rolos de esponja rosados y un pañuelito amarillo escondiéndomelos. Mi mamá no dejó que mi pelo creciera hasta que tuve casi cinco años. Hasta ese entonces siempre tenía un afro corto. Mis recuerdos de niñez siempre incluyen peleas con mi madre cuando me lavaba el pelo o cuando me llevaba al salón porque nunca podía peinarlo como yo quería, pero lo que deseaba no era posible—tenerlo lacio y largo como el de mi hermana.

A los catorce años por fin se me dio mi deseo: me desrizaron el pelo. En ese entonces vivíamos en Long Island, N.Y. y yo tenía un viaje planificado a Santo Domingo para ir a los quince años de mi prima. Como nada más me faltaba un año para mis propios quince, mi mamá permitió lo que según ella sólo a las señoritas deberían permitirles. Con un pote de Revlon Super a mano, me llevó a la casa de su mejor amiga. Al próximo día de que me lo desricé, fui a la escuela con mi melena suelta y mis compañeras no notaron la diferencia. Ellas, al ser blancas y rubias, no entendieron lo importante que ese cambio fue para mí. Pero al llegar a Santo Domingo mi familia se dio cuenta; me decían linda.Duré quince años desrizándome el pelo. Al principio del 2000 vivía en Chicago y a cada rato me encontraba con imágenes de mujeres con el pelo rizado en las publicidades, tales como GAP y Benetton. Entendí que como nunca había visto mujeres como yo, con el pelo rizado, representadas en revistas de belleza, en la televisión, en las películas, jamás había podido considerarme bonita sin desrizarme. Me lancé a ser actriz y también trabajé como modelo pensando, ¿y porqué no yo?

Me tomó más de un año dejar de desrizarme. Muchos elementos importantes ayudaron a que yo no me rindiera durante ese tiempo: no vivía cerca de mi familia y no me pudieron disuadir; tenía una estilista que le encantaba el pelo rizado, no le huía a mi cabello, al contrario siempre me esperaba con anticipación; leí Curly Girl escrito por Lorraine Massey, lo cual me ayudó aprender como manejar mis rizos. Cuando dejé de desrizarme tenía el pelo super largo y me lo corté hasta los hombros para que las raíces rizadas no se vieran tan diferentes. Luego me lo recortaba cada seis semanas hasta que no me quedaron hebras lizas. Lo más difícil durante ese tiempo fue la espera—no tengo mucha paciencia. Cada vez que veía a Anika, mi estilista recién llegada de Europa del Este, yo le preguntaba si había alguna manera de hacer que mi cabello creciera más y ella me decía que ya yo estaba haciendo lo correcto—cortármelo a menudo. Si hubiera sido mi estilista anterior, la única dominicana que había encontrado en Chicago, me hubiera dicho que se me iba a caer todo el pelo, que ya no podía dejar de desrizarme. Anika siempre me apoyó; con ella aprendí a no sólo aceptar mis rizos, sino a quererme a mi misma.

¿Cómo le llamas a tu cabello?
Yo digo que mi cabello es rizado porque encuentro que es la única palabra que no tiene connotaciones malas. Cuando los dominicanos dicen, “ella tiene un pajón” o “mira la del afro” usualmente se insinúa la fealdad. Lo que yo misma estoy tratando de hacer es usar esos términos cambiando el tono para que poco a poco los que hablen conmigo sobre mi pelo no lo juzguen como malo. Estoy harta de escuchar, “fulanita tiene el pelo malo.” Eso es dañino para la autoestima.

Me recuerdo estar en la casa de una tía que estaba cuidando sus dos nietas una tarde. Las dos jugaban juntas y en un momento la mayor, quien tiene el pelo largo y lacio, le dijo a su hermanita, quien tiene el pelo súper corto y bien rizadito, “Tu tienes el pelo malo, y yo tengo el pelo bonito porque yo me puedo hacer colitas.” Se me partió el corazón. Pero para colmo la tía mía me dijo, “Tú puedes creer eso, que esas niñas nacieron con el pelo tan diferente. Una con el pelo malo, y una con el pelo bueno.” Claro que me lo creía, yo tengo una hermana con el apodo de rubia. Luego la tía me pregunto que porque no voy a un salón. Y le contesté porque me gusta mi pelo como es. Desafortunadamente eso no hizo que ella cambiara de opinión, sus ojos seguían las hebras de mi cabeza, desde las raíces hacia fuera. En su mirada yo no me encontraba sólo con una desaprobación, sino con un asco, como si yo tuviera algo podrido encima. Y esa niña, mi primita con sus ricitos, se enfrentaba con esa mirada todos los días.

¿Que es lo que más te gusta de tu cabello?
Me encanta que tengo mucho cabello y que lo tengo grueso. Nunca me preocupo si se me caen. También me gusta el tamaño de mis rizos porque le da volumen. Hace poco me hicieron mechas por primera vez y ahora cuando me encuentro frente a mi reflejo sonrío porque me encanta mi nuevo look.¿Cuál es tu rutina?
Me mojo la cabeza un día sí y un día no. (Solo me lo lavo con shampú una vez por semana con productos que no tengan sulfato de sodio laurel). Después de mojármelo me pongo acondicionador y luego me lo enjuago con agua fría pero no me quito el producto totalmente. No me pongo la toalla a la cabeza para que no se deformen los rizos. Me exprimo las puntas delicadamente para quitarme el exceso de agua y me pongo un leave-in y gelatina.¿Cuáles son tus productos favoritos?
Mis nuevos productos favoritos son de Kinky-Curly, pero cuando no tengo mucho dinero o cuando estoy en Santo Domingo me compro la línea Curly de Pantene. En el pasado he usado los productos de Devachan creado por Lorraine Massey, autora de Curly Girl.

¿Cuál ha sido tu experiencia en la Republica Dominicana con tu cabello natural y en EE.UU?
Te cuento que en el 2008 me fui a vivir a Santo Domingo y al principio no entendía porque la gente me miraban fijamente. Muchos conocidos me dijeron que menos mal que fui con una beca porque no podría trabajar en una empresa con los moños así.

Mi familia me preguntaba a cada rato si no tenía curiosidad por ir al salón a ver como mi cabello sería lacio o a ver que largo estaba. Yo solamente respondía que no me interesa. Me decían que ahora me podría hacer la keratina, pero para mí es lo mismo—desrizarse, alisarse, texturizarse, pasarse la keratina—todos son procesos antinatural. De vez en cuando conocía a alguien que le fascinaba mi cabello y entonces tampoco dejaban de mirarme, hasta me tocaban la cabeza (cosa que detesto; no soy un perro necesitada de caricias).

Al caminar por las calles algunos hombres me tiraban piropos y cuando no les hacía caso cambiaban el tono y me decían greñúa. Me han dicho cosas como “pajona,” “fea,” que soy “una escoba caminando al revés,” o que me darían el dinero para que fuera a un salón.

En los Estados Unidos no paso tanto trabajo, pero sí me he encontrado con muchas personas que me tocan el pelo sin permiso. Cuando me piden permiso, la mayoría de las veces digo que no. Tengo residencia permanente en Oakland, CA, una ciudad con la población diversa, y eso me ayuda a no sentirme como una rareza. Pero creo que ya soy más fuerte y puedo oír rudezas sin desequilibrarme.

Cuéntanos de tus nuevos proyectos y donde podemos encontrarte en el web.
Ahora me dedico a la escritura. Estoy terminando la compilación y edición de una antología de escritoras dominicanas y dominico-americanas. De vez en cuando publico un articulo, ensayo o poema en revistas. Tengo ejemplos en mi página de Internet: www.erikammartinez.com¿Tienes algunos últimos consejos para las Miss Rizos o para aquellas que están contemplando dejar el desrizado?
Para las que están por dejar de desrizarse—háganlo. Es un proceso que toma tiempo pero vale la pena porque en el futuro no tendrán que pasar largas horas en el salón, no se sentirán como esclavas de su pelo, no se pondrán productos químicos que son dañinos. Dejarse el cabello natural es mejor no sólo para su salud física pero emocional también. Abandonen el desrizado y empiecen a quererse como son, y a cambiar la definición de la belleza.